| TERTULIA 11 - 22-6-2012 |
Piadosamente definido como "padre putativo", figura absolutamente marginal de los Evangelios, José, el esposo virgen de María, debe sin embargo haber tenido sentimientos, emociones, pasiones; debe incluso haber pensado, cultivado afectos o alimentado esperanzas. Retando el casi absoluto silencio de las fuentes religiosas, Gustavo Martín Garzo decide darle voz a José, el carpintero de Nazareth, y convertirlo en personaje de una historia de pasión, posesión y furia, en la que las sombras de los ángeles preludian o acompañan el deseo y el desastre.
Gustavo Martín Garzo nació en Valladolid el 13 de febrero de 1948. Estudió en el colegio de jesuitas de San José. Se licenció en Filosofía y Letras, y se especializó en Psicología. Empezó a trabajar como psicólogo clínico en Valladolid. Se casó con Esperanza Ortega en 1974. En 1980 nació su hija Elisa y, en 1983, su hijo Manuel. Su primera novela Luz no usada fue publicada en 1986.
Ejerció de crítico en un suplemento de diario madrileño y codirigió (con Carlos Ortega y Miguel Suárez) la revista de literatura Un ángel más.
La aparición de El lenguaje de las fuentes, en 1993, tuvo una excelente crítica y le valió el Premio Nacional de Narrativa al que siguieron el Premio Miguel Delibes por su novela Marea oculta. En 1996 apareció La vida nueva, cuya primera edición se agotó en sólo diez días. En 1999 recibió el Premio Nadal por Las historias de Marta y Fernando.
También ha sido autor de obras infantiles.
Crónica de la undécima tertulia celebrada el 22 de junio de 2012 en casa de El Mando. Escrita por Gin Tonic
Estábamos discutiendo sobre los motivos por los que el vehículo conducido por Pemán sufría tanto con las pendientes, cuando Teócrito inició su labor de Cicerone, indicando con una seguridad engañosa el camino hacia la residencia oficial de D. Enrique. Tan engañosa que el resultado fueron varios tesos con subida y marcha atrás hasta que por fin y por casualidad dimos con la citada residencia. La recepción del anfitrión, las cervezas y el aperitivo aliviaron sobradamente el largo viaje.
No tardamos mucho en comenzar el destripe de la obra. Algunos no entendían las razones del autor para los continuos vaivenes, otros no comprendíamos qué sentido tenía el muñón de la Virgen María y, la mayoría, no sabíamos el motivo por el que a los ángeles se les pintaba tan cabrones y con propiedades hediondas. Sí que coincidimos en que se trataba de un libro de fácil lectura (otro gallo cantaría si al escritor vallisoletano le hubiese dado por extenderse), con un estilo en ocasiones cercano a lo poético y con un enfoque como mínimo diferente de los personajes de la Virgen y San José. No obstante lo anterior, los conocimientos de Luciano sobre los Evangelios Apócrifos, aún con una visión muy lejana a la de la novela de Martín Garzo, nos ilustraron sobre lo marginal de la figura de San José en los libros sagrados, explicándonos en parte la excesiva imaginación del autor al afrontar algunos episodios como la gayola a mano quieta con la que el protagonista paliaba tanta abstinencia.
El libro, quizá en parte por su brevedad, no dio para mucho más, sobre todo teniendo en cuenta que, una vez que pasamos a la bodega, D. Enrique nos obsequió con excelentes platos y mejores vinos que afectaron más a unos que a otros y sirvieron, sin duda, para completar una excelente velada.