TERTULIA 3 - 18-6-2010

Hay una manera de ser de pueblo como hay una manera de ser de ciudad. En la ciudad las cosas cambian deprisa; los altos edificios, las luces y los automóviles que no cesan, esconden como pueden el apresuramiento atontado de la multidud, los gozos -si los hay- y las penas, si te paras a pensar.

Una ciudad pesa tanto que da pavor pensar en ella. El pueblo está ahí, sumiso, apagado, mezclándose cada vez más con el color de la tierra. ¿Que han pasado cuarenta y ocho años y vuelves de las Américas? ¿Y qué? En Castilla no se cuenta por años sino por siglos, y allí estarán esperándote, todo igual, las casas, los árboles, los campos agotados, las gentes envejecidas, el arroyo que pasa entre cañizos y el polvillo de la trilla pegado a los muros. Miguel Delibes sabe amar y sufrir su Castilla tan sola y nos transmite en el primer relato de este libro la vuelta del emigrante a su tierra, porque ser de un pueblo es un don de Dios. En la pequeña historia "La caza de la perdiz roja" habla del Barbas, viejo filósofo castellano, escéptico y enraizado a la tierra que conoce sin casi saberlo, las gentes y las perdices, y si no hay más remedio dialoga con el autor. Diálogo claro, bello, que parece venir rozado por el viento del fondo de los siglos.

Miguel Delibes Setién. (Valladolid, 17 de octubre de 1920 - Valladolid, 12 de marzo de 2010). Novelista español. Doctor en Derecho y catedrático de Historia del Comercio; periodista y, durante años, director del diario El Norte de Castilla. Su sostenida labor como novelista se inicia dentro de una concepción tradicional con La sombra del ciprés es alargada, que obtiene el Premio Nadal en 1948. Publica posteriormente Aún es de día (1949), El camino (1950), Mi idolatrado hijo Sisí (1953), La hoja roja (1959) y Las ratas (1962), entre otras obras. En 1966 publica Cinco horas con Mario y en 1975 Las guerras de nuestros antepasados; ambas son adaptadas al teatro en 1979 y 1990, respectivamente. Los santos inocentes ve la luz en 1981 (y es posteriormente llevada al cine por Mario Camus); más adelante publica Señora de rojo sobre fondo gris (1991) y Coto de caza (1992), entre otras.

Su producción revela una clara fidelidad a su entorno, a Valladolid y al campo castellano, y entraña la observación directa de tipos y situaciones desde la óptica de un católico liberal. La visión crítica -que aumenta progresivamente a medida que avanza su carrera- alude sobre todo a los excesos y violencias de la vida urbana. Entre los motivos de su obra destaca la perspectiva irónica frente a la pequeña burguesía, la denuncia de las injusticias sociales, la rememoración de la infancia (por ejemplo en El príncipe destronado, de 1973) y la representación de los hábitos y el habla propia del mundo rural, muchos de cuyos términos y expresiones recupera para la literatura.

Delibes es también autor de los cuentos de La mortaja (1970), de la novela corta El tesoro (1985) y de textos autobiográficos como Un año de mi vida (1972). En 1998 publica El hereje, una de sus obras más importantes de los últimos tiempos. Considerado uno de los principales referentes de la literatura en lengua española, obtiene a lo largo de su carrera las más destacadas distinciones del ámbito literario: el Premio Nadal (1948), el Premio de la Crítica (1953), el Príncipe de Asturias (1982), el Premio Nacional de las Letras Españolas (1991) y el Premio Miguel de Cervantes (1993), entre otros.

Crónica de la tercera tertulia celebrada el 18 de junio de 2010 en el Salón del Café. Escrita por Tiquis

COMUNICADO DE PRENSA (Comentado). Salamanca. Julio/2010. Agencia JEBC.Con cierto rigor horario, a las 7 en primera convocatoria y 7:30 en segunda, la Tertulia Desde Añover se reúne por tercera vez. En esta ocasión el lugar señalado fue otro distinto al habitual., seleccionado por ofrecer mayor luminosidad para las exposiciones que fuesen a tener lugar. (El  que escribe, y alguno mas, sospecha que no fue un pleno acierto. Mas adelante veremos el motivo)

Y al hilo del dicho ‘a la tercera va la vencida’, aún no siendo aplicable en su fondo, la tertulia supera el examen de la continuidad. Lean ustedes la crónica siguiente que confirma que estos ‘cuatro_mas_uno_dispares’ (sé por qué lo digo) no sólo se reúnen para dar rienda a comilonas, chascarrillos y festejos.

Bien es cierto que las normas que la guían aún pecan de cierta inmadurez, propia de su juventud y origen libertario (mas vale que este espíritu fundacional no se pierda) y que con acierto democrático (no por ello mas eficaz) ninguno de sus cinco integrantes han intentado imponer ... y que éstas, las normas, se desarrollan cual evolución darviniana.

(Evolucionando y adaptándose a  las necesidades que nos vienen en gana. Hecho el guiño correspondiente a los tertulianos que se diesen por aludidos, pasamos a dar la crónica)
                                                                                                                   
Sin preámbulos, el coordinador hace entrega a los asistentes de un valioso regalo: ‘La Cartera’.
Parece pretender ser, por el sello que luce, la oficial de la que seguramente será famosa tertulia Desde Añover. Hecho éste, el del regalo, que instaurado por el tertuliano El Mando, va consolidándose en una práctica con un listón cada vez mas alto.

(De todos modos yo no pienso llevarla en la próxima cita.
Y para mayor vergüenza de otros ... el amigo Pemán nos regala en cada ocasión una maravillosa música, que precisamente escucho en una de las sesiones de escritura de esta crónica.
Ya solo quedamos dos ... Teócrito, podríamos unir nuestra empatía, el uno con el otro; yo pongo la idea y tu el material.  ‘Saca las VHS guarrillas’.
Seguramente tendríamos éxito asegurado y material para nuestras sesudas disquisiciones, amén de completar los informes sobre estos asuntos que en ocasiones, en formato .ppt nos ponemos en común).

El nivel organizativo va subiendo en calidad y presentación. En cada una de las carteras personales, como si de las instrucciones de una maquiavélica reunión de matarifes fuese, los tertulianos encuentran la cuartilla Oficial (ya solo faltará que venga preimpresa y en papel ‘El Galgo’) con el orden del día y el DOVOL. Llámese DOVOL al Documento Oficial de Voto de Libro próximo a leer.

(Joder ... y yo con estos pelos!, como acostumbro, no he hecho todos los deberes y no comunique el mío. Y me temo que no engañé a nadie tratando de resolverlo ‘imaginativamente’ y con ayuda de Gran Timonel: traté de colar uno de otro famoso escritor que acababa de cascar. Gracias Gran Timonel por intentarlo).

Punto primero, que consta de la exposición y posterior votación en el DOVOL del libro que saldrá ganador del recuento de votos.

Los ponentes se esfuerzan por trasmitir las bondades por las cuales su libro es el que recomiendan para lectura, apreciando la preparación en sus argumentos: el autor y su carrera, las referencias de expertos o la experiencia personal obtenida en la lectura de otras obras, ...

(Que no, que no. No me fío de ninguno. Maravillosamente ‘grande’ el libro de Ayala. Recuerdos y olvidos.
Además, a alguno se le notaba el plumero y de los cuatro_mas_uno_dispares, yo soy el uno_dispar. No oigo ningún motivo con ‘carnaza’. Me inclino por el que parece menos ‘tocho’ y la promesa de Gran Timonel de que me reiré.

Gana, reñidamente: “Los juguetes de la paz/La cuadratura del huevo de Saki”.

Punto segundo. Lectura personal e individualizada de cada una de las narraciones que cada tertuliano ha debido escribir, con recuerdos o experiencias relacionadas con la vida en los pueblos.

(Uff, es decir, el examen de redacción haciendo juego con el libro leído, y que podríamos titular ‘Mi particular historia del pueblo: Recuerdos para recordar’.
Que conste que la idea vino de El Mando y aunque inicialmente ‘nos acongojo’ por el nivel de exigencia que se estaba imponiendo, por mi parte debo reconocer que me ha resultado de lo mas gratificante. En especial, hacer la redacción manuscrita en una molesquine cortesía de la empresa en la que trabaja El Mando.
Chapó, seguramente podrás contar con mi voto para tus próximas sugerencias.

En este asunto, que conste, fui el único que hice completamente los deberes, y seguramente hice trabajar la imaginación de mas de uno para identificar mi escritura).

El que escribe tuvo acceso a las cinco narraciones y sin querer ejercer de crítico he de decir que todas y cada una de ellas estaban concienzudamente trabajadas.
Desde la electrificante historia del tío-abuelo del tertuliano Pemán a la motorizada de la famosa y ya extinta DKW, de Gran Timonel. Pasando por la de El Mando y Teócrito. Desentonó de la línea general la interiorista, casi intimista, presentada por Tiquis. Se nota que éste señor estaba falto de alegría en su momento creativo,  y contrasta con la alegre forma de narrar los recuerdos de sus contertulios que aún tristes pudiesen ser alguna de ellas, con muerto incluido, la risa dominaba la expresión del lector.

(Que decir ... p’a escojonarse con cualquiera de ellas menos de la mía. A ver si con esto que escribo compenso un poco.
Con alguna  bien podría escribirse un sainetillo y representarla. Bueno, mejor no voy a dar ideas peligrosas o ya nos podemos ver con disfraces de época para su representación. A ver ... ¿quién se encarga de poner el público?).

Punto tercero. Las opiniones sobre el libro leído.
“Viejas historias de Castilla la Vieja”. Miguel Delibes. 1969.
Bien sospecharía el lector que se trata de una obra menor de su principio literario. Asunto este que fue discutido en profusión.
(Bien, aquí es donde el que puede ... presume. Y con razón. Claramente ni soy capaz de contar los cuerpos de ventaja que me sacáis y me vuelvo a identificar como el uno_dispar de los cuatro_mas_uno_dispares.
Me lleváis arrastras e intento seguiros, pero lo que no se puede ... no se puede. No se puede leer uno el mogollón de libros, que sospecho devoráis, en unas semanas. Pero os agradezco la benevolencia que conmigo ponéis).

Esta sección de la tertulia confirma la salud y objetivo de la misma. Podía verse a los contertulios exponer, razonar, justificar la opinión sobre el libreto. Si no fuese por el educado caballerismo, hablar uno cada vez y no pegarse, bien se podría afirmar que se trataba de cinco carniceros hablando acaloradamente de fútbol, política e incluso de malas mujeres!.

(Amigos, voy a contar la verdad. Entre lo de ‘arriba’ y lo que me queda van casi dos meses de distancia. 2.800 km, unos 2.000 metros de natación, varias aguadillas, unas cuantas copas, una comida en los chinos, ... Muchas tías en top-less que me nublan la visión, ...Ya ni me acuerdo. Creo que, como Delibes, he pasado ya por dos o tres etapas. Así que lo que me queda de un tirón y os lo imagináis ...)

En todo caso, el observador que hubiese asistido a las ediciones anteriores, diría que la ausencia de acaloramiento no se debía a lo caballeresco.
Fue el contertuliano El Mando el que dio con la clave: ha faltado el vinum y el jamón. Ni mucho ni poco. Nada de nada. Y que el cafetito y galletitas “p’alabuela”.
Y todos juraron que una y no mas. En otro caso, a la próxima tertulia mandarían a sus negros, mientras cada unos de ellos se buscaría el ‘desahogo’ por sus medios.
(Bueno ... a ver si ahora me va a salir la vena de poeta)

El coordinador queda encargado de localizar el siguiente libro. Y desde luego que se libre el que no seleccione el lugar adecuado de la tertulia, donde el alimento de la misma no falte. Ya que este será un motivo de la decadencia y ruina a la que podrá llegar esta famosa reunión. Como Roma, pero al contrario. Cuanto más vinum y jamón mas duración.

Pasamos al siguiente y último punto. El lúdico. Sin este ‘The End” no podría hablarse de reunión. Este acto es el mas importante y sin él no asistirían mas de uno y que el que escribe sabe.

Confusión  a parte sobre el lugar del ágape (–recordemos que la coordinación aún no es completa, y fue reservada por mas de uno –)  y con la imposición del tertuliano Teócrito sobre la del coordinador, los cinco mosqueteros (me da la gana poner cinco) se fueron de ‘comilona’. No mucho mas de destacar del lugar seleccionado salvo que se apostó por la casquería. (mas de uno pudo habérsela cogido a base de los medios posteriores para bajar el nivel de sal en sangre).

El divertimento posterior, epílogo de todo lo que se precie. Y que sería la parte de esta crónica donde hacer mayor hincapié.
Pero el escribiente se dedicó también a beber (recordar el nivel de sal en sangre) y mirar y ya no se acordará de más.
Aunque de mirar, mejor lo que pasaba por la calle. En el local ... chatarrería pura. Conclusión, el siguiente epílogo: litronas bajo el reloj de la plaza. Es posible que se ‘pille’ mejor.

Hasta la próxima.