| TERTULIA 6 - 18-3-2011 |
En la tradición de la más brillante novela sureña —de la que forman parte William Faulkner, Truman Capote, Robert Penn Warren y Carson McCullers—, narra la historia de Laurel McKelva, una mujer de mediana edad que viaja a Nueva Orleans para hacerse cargo de su padre, un juez retirado que ha de someterse a una operación quirúrgica. El juez no logra recuperarse, y muere lentamente. Será entonces cuando Laurel emprenda un largo viaje de regreso a su hogar familiar en Mount Salus, Mississippi, llevando consigo el cuerpo de su padre, y siempre vigilada por la segunda esposa de éste, Fay, una mujer orgullosa y más joven que Laurel. En la enorme casa, rodeada de sus antiguos conocidos y de las paredes que la vieron crecer, Laurel ha de enfrentarse a los fantasmas de su juventud y a las deudas del pasado. Esta novela fue galardonada por en el preio Pulitzer en el año 1973.
Nacida en 1909 en Jackson, Mississippi, hija de padres cristianos, Webb Welty y Chestina Andrews Welty, Eudora Welty se crió en una familia muy unida. De su padre heredó un "amor para todos los instrumentos que instruyen y fascinan", de su madre la pasión por la lectura y del lenguaje. Asistió a la Escuela Primaria Davis y se graduó de la Escuela Superior Central de Jackson en 1925. Se matriculó en la Universidad Estatal de Mississippi para la Mujer en Colón y luego en la Universidad de Wisconsin, donde recibió su licenciatura. Desde Wisconsin, Welty estudio en la Escuela de Negocios de la Universidad de Columbia.
Después de sus años de universidad, Welty trabajó en la emisora de radio WJDX, escribió columnas de sociedad para el Memphis Commercial Appeal, y fue agente de publicidad para la Works Progress Administration. Durante estos años, 1936 y 1937 tomó muchas fotografías que se exhiben en Nueva York, pero que no llegaron a publicarse como ella hubiera deseado. Su primera publicación fue en cambio una historia corta, "Death of a Traveling Salesman." En 1936, el editor de la revista literaria Manuscrito la valoró como"una de las mejores historias que he leído."
Su primer libro fue publicado cinco años después. En "Una cortina verde", Welty incluye diecisiete cuentos que se mueven desde lo cómico a lo trágico, de retratos realistas a los surrealistas, y que muestran un ingenio irónico, la aguda observación de detalles y una precisa utilización del dialecto sureño. Algunos de los cuentos se centran en los personajes afroamericanos que estaban presentes en sus fotos. Toni Morrison ha observado que Eudora Welty escribió sobre la gente negra de una manera que pocos hombres blancos nunca han sido capaces de escribir. No es condescendiente, no idealiz,a simplemente es la forma en que se deben escribir sobre esta gente.
En 1942, Welty siguió con un libro muy diferente, una novela sobre el folclore, cuentos de hadas y la historia legendaria de Mississippi. Un año después de aparecer esta novela, Welty publicó un tercer libro de ficción, historias que se recogieron como The Wide Net (1943) y que eran menos numerosas y más oscuramente lírica que los de su primer volumen. Luego vino Delta wedding, su primera novela. Situada en el delta del Mississippi de 1923, aunque publicado en 1946, el libro fue criticado inicialmente como un retrato nostálgico de la plantación del Sur,
En el siguiente libro de Welty, Las manzanas de oro (1949) incluye siete historias entrelazadas que trazan la vida en Mississippi, desde el cambio de siglo hasta la década de 1940. Cuando Welty comenzó a escribir las historias, sin embargo, no tenía ni idea de que iban a estar conectadas. A mitad del proceso de composición, finalmente se dio cuenta de que estaba escribiendo sobre un molde común y que los personajes de una historia parecían ser menores o mayores versiones de los personajes de otros cuentos, de forma que se decidió crear de un libro que no era ni novela ni colección de cuentos. Es tal vez el mayor triunfo de su distinguida carrera.
Después de la publicación de este libro, Welty viajó a Europa y se basó en sus experiencias europeas para escribir "Circe", un cuento narrado por la diosa, y con cuatro historias ambientadas en el sur americano. Aunque la naturaleza entrelazada de las manzanas de oro se ha ido, emerge un nuevo tema. La mayoría de estas historias investigan la forma en que los individuos pueden vivir y crear por sí mismos sin estar anclados en el tiempo y el espacio.
Welty había producido siete libros distintivos en catorce años, pero el ritmo de producción se detuvo sorprendente. Tragedias personales obligaron a detener su producción literaria durante más de una década. Después, en 1970 reaparece en el mundo editorial con Losing Battles, una larga novela narrada en gran medida a través de la conversación de las tías, tíos y primos que asisten a una reunión familiar. Dos años más tarde llegó una novela tensa, que describe la experiencia de la pérdida y el dolor por un ser querido. Welty incorpora una buena dosis de detalles biográficos en La hija del optimista, por la que ganó el Premio Pulitzer.
En su ensayo, "Las palabras en la ficción", describe la ficción como "un acto personal de la visión." Ella no sugiere que la visión del artista transmite una verdad que todos debemos aceptar. En su lugar, sugiere que el artista, debe mirar de frente los misterios de la experiencia humana sin tratar de resolverlos. La capacidad de Eudora Welty para revelar en lugar de explicar el misterio, es lo que primero llamó la atención a Richard Ford de su trabajo.
Los logros de Welty van más allá de su quehacer como escritora. Sus primeras fotografías finalmente aparecieron en forma de libro: Su libro de fotografía se publicó en 1971, y más fotografías posteriormente se han publicado en libros titulados Fotografías (1989), los cementerios en los países (2000), y Eudora Welty como fotógrafo (2009 ). Sus ensayos y reseñas de libros se recogieron en el volumen de 1978 titulado The Eye of the Story, y Beginnings su autobiografía. Apareció en entrevistas televisadas, recibió la Medalla Presidencial de la Libertad y de la Legión de Honor, fue el tema de un documental de la BBC.
Después de una breve enfermedad, y como resultado de la insuficiencia cardio-pulmonar, Eudora Welty murió el 23 de julio de 2001, en Jackson, Mississippi, su hogar de toda la vida, donde está enterrada.
Crónica de la sexta tertulia celebrada el 18 de marzo de 2001 en La polémica. Escrita por Gran timonel
Creo que esta crónica que ahora empieza, no fue adjudicada a ningún contertulio, tal es así que me veo ahora en la tesitura de rastrear en los vericuetos de mi memoria para intentar rescatar al menos algún que otro atisbo de lo que en la misma ocurrió hace ya más de un año. Así pues, comencemos el ejercicio.
Después de haber deambulado por varios lugares, para la ocasión de reunirnos para hablar del Pulizter del 73 “La hija del optimista” de la escritora Eudora Welty, se decidió probar fortuna con una nueva ubicación: la cafetería La Polémica, al ladito mismo del Caño Mamarón.
En un principio la cosa pintaba bien. Un lugar tranquilo, diseñado para la conversación sosegada, sin estridencias que pudieran entorpecer los sesudos comentarios de los contertulios. Pero una vez dentro, una terrible sospecha se abatió sobre la reunión, que llegaba diezmada, puesto que Don Julio excusó su ausencia por motivos personales.
¿Tendrán jamón en este garito ? Y tras una breve pregunta al encargado del local, los peores presagios se cumplieron. ¡ No había jamón !
Por un momento, la reunión estuvo a punto de venirse abajo. No hay jamón, ¡ qué contrariedad ! Sin embargo, son los momentos críticos, las situaciones más desesperadas, las que dan la verdadera talla de los grandes hombres, los héroes que, apenas sin despeinarse, aportan soluciones brillantes que devuelven la serenidad a los rostros, antes demudados, de los sufridos mortales. Fue El Mando, no podía ser de otra manera, el artífice de la airosa salida, fue el único que en la zozobra general, el desconcierto más desconcertante, aportó una solución imaginativa y audaz. “Iremos a comprarlo fuera” fueron sus palabras. “¿ No se molestará el tabernero ?” interrumpí yo haciendo involuntariamente de aguafiestas. “No es muy ortodoxo introducir viandas ajenas para que sean consumidas en el local de uno” , rematé finalmente.
El Mando, con mano firme y voz aterciopelada, a la par que recia y noble, sentenció: “Pediremos permiso”. Y así fue como El Mandoy el que suscribe nos dirigimos a la barra para solicitar humildemente la venia para traer viandas extramuros de “La Polémica” al no disponer ésta del mínimo rastro del más noble de los productos del cerdo. Ni que decir tiene que el tabernero, valoró con buen juicio nuestra petición y nos otorgó la preciada licencia para buscar el jamón allende su establecimiento.
No tuvimos que andar largo camino, pues a tiro de piedra del Caño Mamarón se alza un local especializado en artesanía porcina, donde se exhiben para su venta, jamones y chorizos, lomos, salchichones y morcones, tanto al corte como en piezas enteras y verdaderas. Allí, por las amistades que El mando cultiva doquiera que va, fuimos agasajados de forma primorosa y tras cataduras diversas, se dio por buena, no sólo una, sino dos bandejas rebosantes de lonchas de jamón finamente cortadas por cuchillo experto, que con la rapidez debida fueron trasladadas al centro de la mesa, alrededor de la cual, nos dispusimos los contertulios a iniciar el orden del día previamente establecido.
Abierta la primera botella de vino, Teócrito. trató de averiguar las razones de la ausencia de Tiquis, lanzando, creo yo que con poco o ningún criterio, arriesgadas cábalas sobre una presunta moza a la que el susodicho andaba cortejando. Como no pudo obtener nada en limpio, se pasó a determinar la lectura de la siguiente Tertulia a celebrar a principios del verano de entra las obras propuestas:
Tras el procedimiento de elección, la propuesta recayó en el título Bartleby y Compañía de Enrique Vila-Matas para, seguidamente, comenzar el turno de intervenciones sobre la novela de la Tertulia, La hija del optimista de la escritora norteamericana Eudora Welty.
¿Que qué se dijo sobre la misma ? Ni yo mismo lo sé. Puede que la sensación que me produjo su lectura, me aplatanara de tal modo que lo que escuché, primero a Teócrito, seguidamente a El Mando y para cerrar, a petición propia, Pemán, no me hizo ver de modo diferente las sensaciones de la novela y que reconociendo la buena labor de la escritora en su forma y fondo, he decir que a mí me aburrió soberanamente. Sin embargo, Pemán, en su alocución final, dijo algo que tal como han ido posteriores Tertulias, (no hay que olvidar que esto se escribe año largo después de aquella cita) tiene una especial relevancia: “la mejor obra de las leídas en la Tertulia hasta ese momento”.
Pero lo mejor de la reunión estaba por llegar. Lástima que Pemán se escaqueará con no sé qué pretexto para no ir a un restaurante único y genial. Así que los tres supervivientes de la Tertulia, Teócrito, El Mandoy el que suscribe, nos aventuramos (nunca mejor dicho) y entramos en el restaurante Volaverunt, cuya reserva había efectuado Teócrito, ignoro a santo de qué o por recomendación de quién.
El caso es el restaurante es de los que merecen un documental de la 2. Un camarero-maitre con pluma nos acomodó gentilmente en nuestros asientos y estuvo pendiente de nuestra mesas, como de todas las demás, con un nervio e inquietud propios de un broker en la bolsa de Madrid cuando habla Don Mariano. Era todo él un ir a venir de la cocina a las mesas y otra vez a la cocina y a recibir a nuevos comensales y a servir las mesas. Siempre con un chascarrillo en la boca y anticipándonos del espectáculo de magia que nos esperaba a los postres
Pensaba yo, equivocadamente, que el mago sería él y a ello atribuía los nervios del personaje. Pero no, es que era así. El que actuaría después, a los postres, no era otro que un encargado de almacenes Paradinas (especialistas en cortinas) que en sus ratos libres le daba por hacer aparecer palomas de una chistera y trucos similares.
Debo decir que nuestra mesa fue de las que más aplaudió. Especialmente Teócrito, que jaleaba al mago con su potente voz, la misma que escuchó el mago cuando, como suele ser habitual, pidió un voluntario y al instante mi nombre salió como un torbellino de la boca de Teócrito, con tal fuerza que el pobre mago aficionado no tuvo otra opción y me invitó a salir a la palestra, creo yo que con buen criterio, para que cesaran las estridencias auditivas con que nos obsequiaba el de Añover.
Por fortuna, mi intervención como sufrido voluntario del mago se saldó sin accidente alguno para mi integridad física ni moral y en cuanto me reuní con el resto de la Tertulia, le hice saber mi disposición a una huida inmediata de aquel pintoresco lugar.
Y allí acabó, pues éramos pocos y la abuela no terminaba de parir, así que decidimos dar por concluida la sexta Tertulia “Desde Añover”.